Por PLASTIC CARROTS

Abrís LinkedIn y alguien de tu misma edad acaba de lanzar su segundo negocio. Abrís Instagram y un compañero de colegio ya hizo tres viajes este año. Abrís Facebook y ves la foto de cumpleaños de alguien con cuarenta amigos. Inmediatamente después de dejar el celu viene esa sensación de estar quedando atrás de algo, aunque no sabés bien de qué.

Detrás de eso, hay un mecanismo biológico funcionando exactamente como fue diseñado, pero en un entorno para el que no fue diseñado.

Por qué compararse es un instinto, no un defecto

Los seres humanos evaluamos nuestras opiniones y habilidades comparándonos con otras personas (Festinger, 1954). La razón es simple: no existe una escala objetiva para medir cómo le va a uno en la vida. No hay un termómetro del “vengo bien”. El cerebro necesita un punto de referencia externo, y ese punto son las personas del entorno.

No es una falla de carácter ni un síntoma de baja autoestima, es una función evolutiva. Durante miles de años, saber cómo se estaba parado respecto al grupo era información de supervivencia: si se comía más o menos que los demás, si la posición dentro del grupo era estable o estaba en riesgo, si el camino que se tomaba era razonable o no. Compararse con otros era una forma de evaluar si las cosas iban bien y, sobre todo, detectar riesgos reales de supervivencia. Quedar expulsado del grupo, por ejemplo, era una amenaza concreta a la vida.

El problema no es compararse, es con quién

Investigaciones identifican dos tipos de comparación: hacia abajo, con alguien en una situación “peor”, y hacia arriba, con alguien en una situación “mejor”. (Siempre entre muchas comillas, desde ya es una apreciación subjetiva). La comparación hacia abajo puede aliviar momentáneamente, pero el efecto es inestable: se comprobó que tanto la comparación hacia arriba como hacia abajo pueden generar consecuencias positivas o negativas, y que la dirección importa menos que la autoestima y el sentido de control de quien compara (Buunk et al., 1990).

Lo que sí es consistente es que las redes sociales sesgan sistemáticamente hacia arriba: lo que se publica es lo que salió bien, el viaje, el logro, el momento instagrameable. El resultado es una comparación constante y asimétrica, como si jugáramos únicamente las manos de truco en las que nos tocan los dos anchos.

Se estudió específicamente este efecto en redes: las personas que las usaban con más frecuencia tendían a tener menor autoestima, y esa tendencia se asoció con mayor exposición a comparaciones hacia arriba (Vogel et al., 2014).

El mecanismo de comparación no distingue entre una persona real en un contexto parecido y la versión curada y más fotogénica que alguien eligió mostrar. Para el cerebro, ambas son información válida.

Lo que se ve en el feed no es la vida de nadie: es el fragmento que alguien eligió mostrar, es sólo eso, un recorte.

Lo que ayuda, según la evidencia

Una práctica con respaldo empírico es cambiar el modo en que se procesa lo que se ve. En lugar de pasar por uno lo que le pasa al otro, tratar de alegrarse genuinamente por ese viaje, ese logro, esa foto. No como ejercicio de positivismo forzado, sino como una forma de romper el circuito automático de comparación. Cuando algo no pasa por el filtro de “¿yo tengo eso también?”, el cerebro lo procesa diferente. Se probó exactamente esto en un estudio: las personas que practicaban alegrarse por los demás mientras usaban redes sociales reportaban mayor autoestima (Legate et al., 2023).

La otra cosa que ayuda es recordar que lo que se ve es siempre un recorte. No la vida de alguien, sino el fragmento que esa persona decidió mostrar. Esto ayuda a formular la pregunta de otra manera: no es “¿por qué a mí no me va así?” sino “¿con qué lo estoy comparando exactamente?”.


El mecanismo de comparación social no va a apagarse. Es parte de cómo el cerebro procesa el mundo social y una de las razones por las que los humanos pudieron (sobre)vivir en grupos durante tanto tiempo. Lo que cambió es el entorno. Un feed infinito de highlights ajenos es algo para lo que ningún cerebro evolucionó.

Referencias

  1. Buunk, B. P., Collins, R. L., Taylor, S. E., VanYperen, N. W., & Dakof, G. A. (1990). The affective consequences of social comparison: Either direction has its ups and downs. Journal of Personality and Social Psychology, 59(6), 1238–1249. — Ver estudio
  2. Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117–140. — Ver estudio
  3. Legate, N., et al. (2023). Intervening on social comparisons on social media: Electronic daily diary pilot study. JMIR Mental Health, 10, e42024. — Ver estudio
  4. Vogel, E. A., Rose, J. P., Roberts, L. R., & Eckles, K. (2014). Social comparison, social media, and self-esteem. Psychology of Popular Media Culture, 3(4), 206–222. — Ver estudio

Sobre el autor

PLASTIC CARROTS

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